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El milagro de la Misa


Vivencia de la Santa Misa

No cabe duda que la  hora de la Santa Misa es el momento más grande, el más precioso de toda nuestra jornada. No hay durante el día un momento tan estelar donde el Señor se haga presente de una manera tan real como en la Santa Misa. Es cierto que Él siempre está con nosotros, pero la santa Misa es el único momento en que Cristo con su cuerpo, con su alma, con su espíritu, con todo lo que Él es, con toda su divinidad, viene desde el cielo y se hace presente ante nosotros. Y si es el momento más importante del día, después de la Misa, después de recibir a Cristo, no podemos quedar igual y pensar “hasta el día siguiente que vuelva a ir a Misa”, sino que debe surgir en nosotros un deseo de permanecer durante toda la jornada con las mismas actitudes vividas en la Misa, es decir, esforzarme por hacer de ese día una continua Misa y así Cristo siempre nos acompañará.
Y ¿cómo podemos renovar, cómo podemos hacer del día una Misa continua? Renovando las cuatro actitudes fundamentales que de una manera u otra se han ido repitiendo durante la sagrada eucaristía.

Pedir perdón


En primer lugar, pedir perdón. Que durante nuestro día estemos en actitud continua de pedir perdón. Cuando fallamos en algo, cuando nos descuidamos, ordinariamente nos sentimos mal, como avergonzados por esa caída, por esas faltas, por ese detalle donde no hubo tanta generosidad para con Dios. Pero este sentimiento no es el importante, la actitud valiosa en realidad es la humildad profunda ante Dios. Cuando ves que te has descuidado en algo, que no rezaste el rosario con todo el fervor que debías, que juzgaste a una persona, que no aceptaste el ataque sufrido, la agresión recibida, en ese momento reconoce con humildad: “Señor, yo solo no puedo, necesito de ti”. De esta manera no solo reconocemos que he hecho algo mal, también afirmamos ante el Señor que no podemos solos, que necesitamos siempre de su ayuda.
Cuando hacemos esto, cuando repetimos este acto de humildad, cuando nos arrepentimos de nuestros pecados reconociendo que no podemos y que necesitamos de Él, también sigue actuando el perdón de Dios, también Dios va perdonando momento a momento nuestras faltas veniales. Desde luego, será necesario acudir después a la confesión, sin embargo ese dolor y arrepentimiento por haber ofendido a Dios es también un medio de perdonar los pecados veniales.

Acción de gracias


En segundo lugar, debemos hacer del día una continua acción de gracias. Debemos saber descubrir la mano de Dios en mi vida, ya no sólo en la historia de la salvación como lo recordamos durante la Santa Misa sino en mi vida, en mis circunstancias. ¡Cuántos momentos que Dios permite para enriquecerme! ¡Cuántos detalles que nos recuerdan su presencia! Y ahí tenemos que estar con los ojos abiertos y con esa actitud de saber dar gracias por todo. Una conversación, por ejemplo, con un compañero de la que salí edificado. Una oportunidad de dar un consejo, agradecer al Señor la luz recibida y la oportunidad, a su vez, de iluminar a otros. El ver a una persona sencilla o pobre que se acerca a mí; recordar y agradecer todo lo que Dios me ha dado. El ver la alegría de mis hijos; agradecer a Dios su crecimiento sano. Y, en fin, saber decir ¡Cuánto te agradezco, Señor por cada una de las cosas y momentos sencillos que llenan el día!

Alabar a Dios


En tercer lugar para hacer del día una santa misa debemos alabar a Dios. Recordar que solamente por Él somos capaces de hacer muchas cosas, que solamente Él se merece el sacrificio que significa estar educando a los hijos aunque a lo mejor no haya obediencia pronta, el sacrifico de estar siempre preocupado por el esposo aunque a veces no recibamos la misma recompensa. Es solamente por Él, porque Él se lo merece todo, que somos capaces de hacer esa actividad apostólica a través de la cual pueda ser conocido, amado y alabado por mayor número de personas. Es solamente por Él, se lo merece, que me desconecto de mi vida ordinaria para entrar en oración, porque sé que Él es mi Rey, Él es mi Señor, Él es quien que me da la fuerza. Practicar la caridad con esta o con otra persona sólo porque encuentro a Cristo en el prójimo. Todos estos son modos de alabar continuamente a Dios, viéndolo en todas las circunstancias y sabiendo que por Él y solamente por Él soy capaz de llevar mi vida espiritual, mi vida cristiana, mi vida familiar y apostólica con fidelidad.

Peticiones


Y por último, y debe ser lo último, aunque muchas veces es lo primero, pedir a Dios beneficios. Debemos saber pedir al Señor los dones que más necesitamos: pedirle al Señor, sobre todo, que nos mantenga en unión con Él, que nos ayude a evitar el pecado, que Él nos ayude a crecer en las virtudes cristianas para poder ser imagen y semejanza de Él. Y cuando ya hemos pedido todo esto, cuando ya hemos pedido por nuestra vida espiritual, entonces sí, pidámosle también que nos dé esos elementos materiales que nos van a ayudar, que nos van a hacer más fácil conseguir los medios espirituales. Cuando acudimos al Señor con confianza, con la seguridad de que ese Padre siempre me va a dar lo que más necesito, entonces estoy haciendo de ese día una Santa Misa.

Es cierto, por tanto, que la Santa Misa es el centro de la jornada diaria, y que podemos hacer que su eficacia permanezca durante todo el día encarnando en nuestro interior esas cuatro actitudes: petición de perdón, perdón humilde que no se desanima por las caídas, sino que al revés, se aferra más y reconoce la necesidad de un Señor, de su Dios. Continua acción de gracias que nos hace reconocer la presencia amorosa de Dios sobre nuestra vida. La alabanza a Dios por medio de tantas obras buenas realizadas por amor a Él, porque Él se lo merece todo. Pedir al Señor las gracias que más necesitamos en el campo espiritual y en el área humana.

 1-Acto Penitencial

2-
Liturgia de la Palabra

3-Ofertorio

4-Prefacio Eucarístico

5-Consagración

6-Las Peticiones

7-La Aclamación Cristológica

8-Preparación para la Comunión

9-La Comunión

Vivencia de la Santa Misa

Ordinario de la Misa

Copyright 2003 / A Cristo por María