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Maria y La Eucaristía
Fernando Ocáriz
www.almudi.org
En el contexto general
eclesiológico de la Encíclica, la relación entre María y la Eucaristía
se articula principalmente alrededor de la consideración de María como
Madre y modelo de la Iglesia: "Si queremos descubrir en toda su riqueza
la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a
María, Madre y modelo de la Iglesia" (Ecclesia de Eucharistia n.
53).
María es Madre
de la Iglesia por ser Madre de Cristo, por haberle dado la carne y la
sangre; esa carne y esa sangre que en la Cruz se ofrecieron en
sacrificio y se hacen presentes en la Eucaristía (cfr. Ecclesia de
Eucharistia n. 55). Este es el aspecto más inmediatamente
perceptible de aquella "relación profunda" de la Virgen con el misterio
eucarístico, tradicionalmente contemplado desde la antigüedad [2]. Pero
la Encíclica se detiene especialmente en contemplar la relación de María
con la Eucaristía en cuanto la Madre del Señor es modelo: "La Iglesia,
tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con
este altísimo misterio" (Ecclesia de Eucharistia Ecclesia de
Eucharistia n. 53). Imitar, ante todo, su fe y su amor, en la
anunciación y en la visitación a Isabel, donde María es realmente
tabernáculo vivo de Cristo (cfr. Ecclesia de Eucharistia
Ecclesia de Eucharistia n. 55); en el Calvario (cfr. Ecclesia de
Eucharistia nn. 56-57) y, más allá, cuando recibió la Comunión
eucarística de manos de los Apóstoles (cfr. Ecclesia de Eucharistia
n. 56). Una fe y un amor que —como en el Magnificat— se desbordan en
alabanza y en acción de gracias (cfr. Ecclesia de Eucharistia n.
58). Es grande la riqueza de matices de esta llamada a la imitación de
María "mujer eucarística", que la teología ha contemplado sobre todo en
el contexto de la vida espiritual. Recuérdese la figura de S. Luis María
Grignion de Montfort; por ejemplo, cuando escribe sobre la unión con la
Virgen antes, durante y después de la Comunión eucarística, de modo que
sea Ella quien reciba dignamente el Cuerpo de Cristo en nosotros [3].
Aunque menos frecuentes, tampoco han faltado ensayos de profundización
especulativo-sistemática [4]. En estas páginas, me detendré sobre
algunos de los aspectos en que la Santísima Virgen se manifiesta como
"modelo de fe eucarística" y, después, sobre su "intervención" actual en
la Eucaristía.María, modelo de fe eucarística
Cuando María
era ya tabernáculo vivo del Hijo de Dios encarnado, escuchó aquella
alabanza: beata, quae credidit (Lc 1, 45). "Feliz la que ha creído.
María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe
eucarística de la Iglesia. Cuando en la Visitación lleva en su seno el
Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en "tabernáculo" —el
primer "tabernáculo" de la historia— donde el Hijo de Dios, todavía
invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel,
como "irradiando" su luz a través de los ojos y la voz de María" (Ecclesia
de Eucharistia n. 55).
La fe de María
hacía su inteligencia tan "connatural" al misterio sobrenatural, que
debemos considerar en Ella una "plenitud de fe" correspondiente a la
plenitud de gracia con la que Dios la elevó desde su inmaculada
concepción. Una connaturalidad con los misterios divinos que hace
posible el pleno asentimiento, en su triple dimensión de credere Deo,
credere Deum et credere in Deum [5]. Ciertamente, Santa María tuvo unos
motivos de credibilidad excepcionales (sobre todo: el anuncio de San
Gabriel; el experimentar que efectivamente tenía en sus entrañas, sin
obra de varón, el Hijo anunciado; que también Santa Isabel y luego San
José habían recibido de lo Alto el anuncio de su maternidad divina). Sin
embargo, también en Ella, la fe fue siempre "de lo que no se ve" (cfr.
Hb 11, 1). "Si Dios ha querido ensalzar a su Madre, es igualmente cierto
que durante su vida terrena no fueron ahorrados a María ni la
experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de
la fe" [6].
Podemos
considerar razonablemente que cuanto más intensa es la fe, mayor resulta
también la dimensión de oscuridad que es, junto a la luminosidad, una
dimensión esencial de la fe.
Ante el
anuncio del Ángel, el fiat pronunciado por María fue un acto de fe
plena: de confianza en Dios, de asentimiento intelectual a la verdad
misteriosa que le era anunciada, y de completa entrega de su persona a
Dios. Con ese fiat, la Virgen acogía en su seno al Verbo eterno dándole
Ella su carne y su sangre. ¡Qué modelo para lo que debe ser acoger al
Hijo de Dios en nosotros cuando recibimos la Comunión eucarística! "Hay,
pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las
palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el
cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió "por obra
del Espíritu Santo" era el "Hijo de Dios" (cfr. Lc 1, 30.35). En
continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos
pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace
presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del
vino" (Ecclesia de Eucharistia n. 55).
Considerar la
fe de nuestra Señora, como modelo de fe eucarística, nos lleva
necesariamente a contemplarla al pie de la Cruz de su Hijo, ya que el
sacrificio de la Eucaristía es el memorial sacramental que hace presente
el sacrificio del Calvario. En realidad, como escribe Juan Pablo II,
"María, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario,
hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía. Cuando llevó al
niño Jesús al templo de Jerusalén "para presentarle al Señor" (Lc 2,
22), oyó anunciar al anciano Simeón que aquel niño sería "señal de
contradicción" y también que una "espada" traspasaría su propia alma (cfr.
Lc 2, 34.35). Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en
cierto modo, se prefiguraba el stabat Mater de la Virgen al pie de la
Cruz. Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de
"Eucaristía anticipada" se podría decir, una "comunión espiritual" de
deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión
y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación
en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como
"memorial" de la pasión" (Ecclesia de Eucharistia n. 56).
¿Cómo no ver
aquí una invitación a imitar, también nosotros cada día, esa preparación
de María al sacrificio de Cristo? Sólo con la fe, imitando la fe de
María, mujer eucarística, es posible vivir todas las incidencias de la
jornada, especialmente las que contrarían, como "preparación" de la
personal participación en la Santa Misa. "El sentido cristiano de la
Cruz se pone especialmente de relieve, sin duda, en las circunstancias
graves, penosas o difíciles que los hombres atravesamos; pero ilumina
también lascircunstancias más corrientes, si nos decidimos a apreciar
las pequeñas contradicciones cotidianas, que suponen una ocasión para el
amor y para la entrega" [7].
Si, con toda
su vida, la Santísima Virgen mediante la fe "hizo suya la dimensión
sacrificial de la Eucaristía", esto culminó al pie de la Cruz. Allí,
mientras Ella stabat, de pié, firme, no desmayándose —como piadosa pero
equivocadamente se la ha representado en mucha iconografía—; allí tuvo
lugar en su alma "la más profunda kénosis de la fe en la historia de la
humanidad" [8]. La íntima realidad de esta kénosis no pudo consistir en
un "anonadamiento", en el sentido de anulación o disminución de la fe.
Más bien cabe pensar que la fe de María, contemplando la terrible muerte
de su Hijo, sufrió la más dura prueba "en la historia de la humanidad";
prueba de la que Ella fue plenamente vencedora. ¿Pudo esta prueba
configurarse propiamente como una duda de fe? Pienso que en el Evangelio
no disponemos de elementos suficientes para una respuesta del todo
segura. Como es sabido, algún Padre de la Iglesia era del parecer que la
Virgen sufrió al pie de la Cruz el asalto de la duda, lo cual no sería
contrario a su plenitud de gracia y de fe [9], ya que la estructura
misma de la fe hace posible la duda involuntaria y no consentida,
compatible con el más alto grado de gracia y de virtud [10].
La fe de los
cristianos en la Eucaristía puede sufrir los asaltos de la duda, más aún
en estos tiempos cuando se percibe la ignorancia de tantos, la
indiferencia de muchos e, incluso, los malos tratos que el Señor
eucarístico recibe en su propia casa: abusos que Juan Pablo II una vez
más ha denunciado con dolor en la encíclica Ecclesia de Eucharistia (cfr.
Ecclesia de Eucharistia n. 10). En cualquier caso, cuando la
dimensión de oscuridad del misterio parece prevalecer sobre su
luminosidad, acudir con humildad al ejemplo y a la mediación de Santa
María son siempre ayuda segura para que la duda, ni buscada ni
consentida, se transforme una vez más en victoria, no nuestra sino de
Cristo en nosotros: "ésta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe"
(1 Jn 5, 4) [11].
La presencia de la Virgen en el sacrificio eucarístico
Se trata de un
aspecto especialmente misterioso, que presenta un dilatado horizonte a
la reflexión teológica y a la contemplación espiritual. Efectivamente,
la relación actual de María con la Eucaristía no es sólo de tipo, por
así decir, histórico (el cuerpo y la sangre presentes en la Eucaristía
fueron engendrados en y de María); ni tampoco se trata sólo de una
relación de ejemplaridad entre María y los cristianos ante la
Eucaristía. No; se trata, además y en cierto modo sobre todo, de una
verdadera presencia de la Madre en el hacerse presente sacramentalmente
el Sacrificio del Hijo. Juan Pablo II lo expresa con palabras claras:
"En el "memorial" del Calvario está presente todo lo que Cristo ha
llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo
ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro" (Ecclesia
de Eucharistia n. 57). Se trata de una verdadera presencia de la
Virgen, ciertamente diversa de la presencia sustancial de Cristo en la
Eucaristía: "María está presente con la Iglesia, y como Madre de la
Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas" (ibidem).
Podemos
considerar que no se trata sólo de una presencia por "concomitancia
gloriosa", es decir del simple hecho de que en la Eucaristía está
presente Cristo glorioso y su Madre está inseparablemente con El en la
gloria. En este sentido, todo el Cielo está presente en la Eucaristía.
Más bien cabe pensar que esa presencia de María "en todas nuestras
celebraciones eucarísticas" y, precisamente, "como Madre de la Iglesia",
pertenece al núcleo del evento salvífico que se celebra, y que se trata
de una presencia activa; es decir, que la Santísima Virgen, de algún
modo, "interviene" en el sacrificio eucarístico. Así lo afirmaba San
Josemaría Escrivá en una de sus homilías: "(En la Santa Misa), de algún
modo, interviene la Santísima Virgen, por la íntima unión que tiene con
la Trinidad Beatísima y porque es Madre de Cristo, de su Carne y de su
Sangre: Madre de Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre. Jesucristo
concebido en las entrañas de María Santísima sin obra de varón, por la
sola virtud del Espíritu Santo, lleva la misma Sangre de su Madre: y esa
Sangre es la que se ofrece en sacrificio redentor, en el Calvario y en
la Santa Misa" [12].
Esta
intervención de la Virgen en el sacrificio eucarístico tiene, sin duda,
su origen en su maternidad divina; en ese llevar Cristo "la misma Sangre
de su Madre", pero no se reduce a esta realidad radical; se trata de una
"intervención" actual "en todas nuestras celebraciones eucarísticas",
que —atendiendo a la esencial identidad del sacrificio eucarístico con
el sacrificio del Calvario— habrá que considerar en relación con la
intervención de María al pié de la Cruz, pues, como explica Juan Pablo
II en uno de los textos apenas citados, en la Misa está presente todo lo
que Cristo ha realizado en la Cruz, "también con su Madre para beneficio
nuestro". Veinte años antes, el mismo Romano Pontífice, lo afirmaba con
estas palabras: "Cristo ofreció en la Cruz el perfecto Sacrificio que en
cada Misa de modo no sangriento se renueva y hace presente. En ese
Sacrificio, María, la primera redimida, la Madre de la Iglesia, tuvo una
parte activa. Ella permaneció junto al Crucificado, sufriendo
profundamente con su Primogénito; con un corazón maternal se asoció a su
Sacrificio; con amor consintió su inmolación: Ella lo ofreció y se
ofreció a sí misma al Padre. Cada Eucaristía es un memorial de ese
Sacrificio y de esa Muerte que restituyó la vida al mundo; cada Misa nos
sitúa en íntima comunión con ella, la Madre, cuyo sacrificio "se vuelve
presente" del mismo modo que el Sacrificio de su Hijo "se vuelve
presente" en las palabras de la consagración del pan y del vino
pronunciadas por el sacerdote" [13].
En suma, para
aproximarnos a contemplar la "intervención" de María en el sacrificio
eucarístico, hemos de contemplar su "intervención" en el Calvario iuxta
Crucem Iesu (Jn 19, 25). Santa María se asoció, por la fe y el amor, al
sacrificio de su Hijo "mediante el sacrificio de su corazón de madre"
[14]. Ofreciendo el sacrificio de Jesús en unión con Él, Santa María
realizaba un propio sacrificio, que —como se ha recordado en líneas
anteriores— comportó "la más profunda kénosis de la fe en la historia de
la humanidad"[15]. A la vez, es necesario afirmar la completa y
sobreabundante suficiencia salvífica del sacrificio de Cristo, que no
pudo ni puede ser "completado" por ningún otro sacrificio, tampoco por
el de su Santísima Madre [16]. ¿Cómo entender entonces la intervención
de María en el sacrificio redentor? Es una de las grandes cuestiones
ante las que la Mariología, ya desde la Patrística, ha tenido siempre
una inagotable materia de profundización [17].
Teniendo en
cuenta que el sacrificio de la Cruz es ejercicio de la mediación de
Cristo, único Mediador entre Dios y los hombres (cfr. 1 Tm 2, 5),
podemos ciertamente considerar que María ejerce también su propia
mediación al asociarse al sacrificio de su Hijo. A la vez, debemos
afirmar que esta mediación mariana es esencialmente una mediación
participada: "La mediación de María está íntimamente unida a su
maternidad y posee un carácter específicamente materno que la distingue
del de las demás criaturas que, de un modo diverso y siempre
subordinado, participan de la única mediación de Cristo, siendo también
la suya una mediación participada" [18]. Parece oportuno detenernos
brevemente en el concepto de participación. Se trata de una noción que
abarca una amplia gama de realidades, desde la más fundamental
participación trascendental del ser, que es la inmediata y siempre
presente causalidad divina del acto de ser de cada criatura, hasta el
simple tomar parte varias personas de un bien material que se divide
entre ellas. No es sólo el partem capere de la etimología latina
directa, sino también el habere partialiter y, además, el communicare
cum aliquo in aliqua re que nos remite al griego koinonía, es decir
comunión [19].
Jesucristo no
sólo realiza una función de mediación entre Dios y los hombres, sino que
El, con su humanidad unida hipostáticamente a la divinidad, es Mediador.
Análogamente,
las mediaciones participadas no son sólo una realidad funcional, sino un
ser mediadores por participación. En Santa María, esta participación en
la mediación de Cristo no se configura como sacerdocio ministerial ni
como sacerdocio común, sino como una participación única y eminente en
el sacerdocio de Cristo, correspondiente a su maternidad divina y a su
maternidad espiritual sobre la Iglesia. De ahí que, con la expresión
fuertemente subrayada por Juan Pablo II, la mediación de María posea "un
carácter específicamente materno". La Madre de Jesús es también "nuestra
Madre en el orden de la gracia" [20], pues "cooperó con el amor a que
nacieran en la Iglesia los fieles" [21]. Esto supuesto, la mediación de
María al pié de la Cruz tendrá características propias de una
participación, pero no de una "aportación" que complemente de algún modo
la eficacia salvífica del sacrificio de su Hijo. Más bien, es el mismo
Cristo quien da a participar su eficacia redentora al "sacrificio del
corazón de madre" de Santa María, haciéndolo suyo, según la estructura
de la koinonía en su significado de participación-causalidad-comunión.
Es decir, Jesús hizo suyo el sacrificio de María, en cuanto que el dolor
de la Madre formó parte, y parte importante, del dolor del Hijo, y en
cuanto que Jesús, ofreciendo al Padre su vida por la salvación del
mundo, ofreció —asumido en su propio sacrificio, en koinonía, y no
simplemente "añadido"— el ofrecimiento realizado por María de la vida
del Hijo y de su propio martirio espiritual.
En realidad,
la asunción de otros sacrificios en el sacrificio de Cristo se realiza
continuamente en la vida de la Iglesia, pues el valor que, en el orden
de la salvación, tienen los sacrificios personales que los cristianos
ofrecemos a Dios no puede provenir más que de Cristo mismo, de que el
Señor los haga suyos como Cabeza nuestra. Pero en el caso de la
Santísima Virgen, esta realidad tiene características propias, que la
sitúan en un plano superior al de todos los santos. Para aproximarnos
más a este misterio de la Madre, fijémonos precisamente en este carácter
"materno" de su mediación y, concretamente, de su intervención iuxta
Crucem Iesu.
Si tomamos
—como debemos tomar— el término "materna" en sentido analógico propio y
no simplemente metafórico, hemos de ver a la Virgen en el origen mismo
de la vida sobrenatural, es decir participando de algún modo en la
capitalidad de Jesucristo. En otras palabras, Jesucristo, asumiendo en
su propio sacrificio el de su Madre, le dio a participar de su eficacia
satisfactorio-expiatoria, meritoria y eficiente, con la participación—koinonía
(plena unión espiritual) correspondiente a la plenitud de gracia de
María, de la kejaritomene: la completamente transformada por la gracia
[22].
En la
metafísica de la participación, aplicada al orden sobrenatural, Santo
Tomás de Aquino expone un principio de capital importancia: "Aquello que
es por sí es medida y regla (mensura et regula) de aquellos que son por
otro y por participación. Por tanto, la predestinación de Cristo,
predestinado a ser Hijo de Dios por naturaleza, es medida y regla de
nuestra vida y de nuestra predestinación, ya que somos predestinados a
la filiación adoptiva, que es una cierta participación e imagen de la
filiación natural"[23]. La aplicación de este principio arroja una luz
notable para la contemplación teológica de la filiación divina del
cristiano en su constitutiva relación con la filiación divina natural de
Jesucristo, Unigénito del Padre y Primogénito entre muchos hermanos
[24]. Asimismo, Cristo en cuanto principio de toda gracia (principaliter,
en su divinidad; instrumentaliter, en su humanidad [25]) es "medida y
regla" del carácter materno (capital por participación) de la mediación
de María y, concretamente de su "intervención" al pié de la Cruz. Esta
presencia de María en el sacrificio del Calvario es, pues, una presencia
materna, no sólo respecto a Jesucristo, sino también respecto a la
humanidad redimida, de manera que cuando el Señor nos la entregó en San
Juan como Madre (cfr. Jn 19, 26-27), no constituyó su maternidad
espiritual sino que la declaró.
Toda esta
realidad se hace presente en la Eucaristía, pues —en las palabras de
Juan Pablo II, ya citadas parcialmente antes— "en el memorial del
Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión
y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su
Madre para beneficio nuestro. En efecto, le confía al discípulo
predilecto y, en él, le entrega a cada uno de nosotros: "¡He aquí a tu
hijo!". Igualmente dice también a nosotros: ¡He aquí a tu madre!". Vivir
en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también
recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros —a ejemplo
de Juan— a quien una vez nos fue entregada como Madre" (Ecclesia de
Eucharistia n. 57).
Estamos ante
un aspecto del misterio de la Eucaristía que, a su vez, nos remite al
misterio de la Redención por la Muerte y Resurrección gloriosa de
Jesucristo: es un aspecto central del "misterio de la Madre". Son bien
conocidos los esfuerzos de la teología por entender un poco más cómo se
hacen presentes en la sacramentalidad de la Iglesia los misterios de la
vida, muerte y glorificación de nuestro Señor [26]. Baste aquí recordar,
con Santo Tomás, que la Pasión y Muerte de Jesús, así como su
Resurrección, por la virtus divina, alcanza praesentialiter todos los
lugares y todos los tiempos [27]. Y, en la Eucaristía, esa presencia del
Sacrificio de la Cruz (y de todo lo que Jesús llevó allí a cabo, también
con su Madre en beneficio nuestro) se realiza de modo que sólo
Jesucristo está sustancialmente presente bajo las especies eucarísticas,
con su fuerza salvífica capital de la que, sin embargo, su Santísima
Madre participa, en esa plena koinonía por la que Jesús y María
constituyen en la gloria, como en la Cruz y en la Eucaristía, del modo
más perfecto, "un solo corazón y una sola alma" (Hch 4, 32).
Santa María,
presente como modelo y Madre de la Iglesia en todas las celebraciones
eucarísticas, "nos enseña a tratar a Jesús, a reconocerle y a
encontrarle en las diversas circunstancias del día y, de modo especial,
en ese instante supremo —el tiempo se une con la eternidad— del Santo
Sacrificio de la Misa: Jesús, con gesto de sacerdote eterno, atrae hacia
sí todas las cosas, para colocarlas, divino afflante Spiritu, con el
soplo del Espíritu Santo, en la presencia de Dios Padre" [28].
También ante
el misterio de la Madre, y concretamente en su ser "mujer eucarística",
aunque la teología puede y podrá siempre profundizar mucho más, es
necesario adoptar la actitud del silencio adorante y agradecido:
indicibilia Deitatis casto silentio venerantes [29].
Notas
[1] Las referencias a
números, dentro del texto, se refieren en adelante a la Encíclica
Ecclesia de Eucharistia.
[2] Cfr., por ejemplo, S. Efrén, Himno 6, 7 (Lamy 592, 594); S.
Ambrosio, Sobre los misterios, IX, 53 (PL 16, 403); S. Andrés de Creta,
Canon para la fiesta en medio de Pentecostés (PG 97, 1425).
[3] Cfr. S. Louis-Marie Grignion de Montfort, Traité de la vraie
dévotion à la Sainte Vierge, nn. 266-273 (Œuvres Complètes, Ed. du Seuil,
Paris 1966, pp. 666-671). Sobre la riqueza que, para la vida espiritual,
representa la relación de María con la Eucaristía, cfr. J. Esquerda
Bifet, Linee di spiritualità eucaristico-mariana, en VV.AA., Maria e
l’Eucaristia, Ed. Centro di Cultura Mariana, Roma 2000, pp. 216-237.
[4] Una visión de conjunto puede verse en A. Amato, Eucaristia, en Nuovo
Dizionario di Mariologia, Ed. Paoline, Cinisello Balsamo 1985, pp.
527-541. Para una bibliografía general sobre el tema, cfr. E.M. Toniolo,
Nota Bibliografica su "Maria e l"Eucaristia", en VV.AA., Maria e
l"Eucaristia, cit., pp. 309-330.
[5] Sobre la naturaleza de la fe como "connaturalización" de la
inteligencia con lo sobrenatural, cfr., por ejemplo, B. Duroux, La
psychologie de la Foi chez S. Thomas d"Aquin, Desclée, Tournai 1963, pp.
165-178; F. Ocáriz — A. Blanco, Revelación, Fe y Credibilidad, Palabra,
Madrid 1998, pp. 230-235.
[6] S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n.172.
[7] J. Echevarría, Itinerarios de vida cristiana, Planeta, Madrid 2001,
p. 56.
[8] Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, n. 18.
[9] En este sentido, por ejemplo, S. Basilio Magno, Epistula 260, 9 (PG
32, 965).
[10] Cfr. F. Ocáriz — A. Blanco, Revelación, Fe y Credibilidad, cit.,
pp. 240-241.
[11] Sobre la oscuridad de la fe, que no anula ni disminuye su certeza,
cfr., por ejemplo, C. Izquierdo, Teología Fundamental, Eunsa, Pamplona
1998, pp. 284-286.
[12] S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 89.
[13] Juan Pablo II, Alocución, 5-VI-1983: "Insegnamenti di Giovanni
Paolo II" VI, 1 (1983) p. 1447.
[14] Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, n. 9. Cfr. Conc.
Vaticano II, Const. Lumen gentium, n. 58.
[15] Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, n. 18.
[16] Como es sabido, el texto de Col 1, 24 (Adimpleo ea, quae desunt
passionum Christi, in carne mea pro corpore eius, quod est Ecclesia) no
significa que falte algo a la Pasión de Cristo en su eficacia salvífica
objetiva, sino a lo que la Iglesia, según el designio divino, ha de
poner de su parte en la aplicación de la redención, es decir en la
llamada redención subjetiva.
[17] Para la época patrística, cfr., por ejemplo, F.L. Mateo-Seco,
María, Nueva Eva, y su colaboración en la Redención, según los Padres,
en "Estudios Marianos" 50 (1985) pp. 52-69. Más en general, cfr., J.L.
Bastero, María, Madre del Redentor, Eunsa, Pamplona 1995, pp. 290-302.
[18] Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, n. 38.
[19] No es aquí posible una exposición siquiera sintética de un tema
filosófico de tal envergadura. Para un estudio especializado, profundo y
extenso, sigue siendo fundamental la obra de Cornelio Fabro: cfr.,
especialmente, La nozione metafisica di partecipazione (SEI, Torino
1950) y Partecipazione e causalità (SEI, Torino 1960).
[20] Conc. Vaticano II, Const. Lumen gentium, n. 61.
[21] S. Agustín, De Sacra Virginitate, 6 (PL 40, 399), citado en Lumen
gentium, n. 53.
[22] La expresión latina gratia plena es una adecuada traducción
"teológica" del término griego kejaritomene, que literalmente se
traduciría más exactamente por gratificata, en el sentido de
"transformada por la gracia", como se lee en la versión latina del Codex
Palatinus (e) de la tradición africana. Pero, usado como nombre propio
de la Virgen en el anuncio del Ángel, viene a significar que esa
transformación por la gracia es lo que "define" la persona de María. De
ahí que adecuadamente digamos que Ella es completamente transformada por
la gracia o "llena de gracia". Sobre este tema, cfr. I. De la Potterie,
Kejaritomene, en Lc 1,28. Étude philologique, en "Biblica" 68 (1987) pp,
357-382; y Kejaritomene en Lc 1,28. Étude exégetique et théologique, en
"Biblica" 68 (1987) pp. 480-508.
[23] S. Tomás de Aquino, In Epist. ad Romanos, c. I, lec. 3.
[24] Cfr. F. Ocáriz, Hijos de Dios en Cristo, Eunsa, Pamplona 1972; Idem,
Naturaleza, gracia y gloria, Eunsa, Pamplona, 2ª ed. 2001, pp. 69-106.
[25] S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 27, a. 5.
[26] Cfr., por ejemplo, A. Miralles, I sacramenti cristiani, Apollinare
Studi, Roma 1999, pp. 336-356.
[27] Cfr. S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 56, a. 1 ad 3.
[28] S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 94.
[29] S. Tomás de Aquino, In De Divinis nominibus, c. I, lec. 2
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