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Más Citas sobre
la Eucaristía de
Los Padres
de la Iglesia
"Vosotros dividís un pan, y
este es el remedio para conseguir la inmortalidad, bálsamo que nos preserva de
la muerte, y nos da la vida eterna en Jesucristo. (S. Ignacio, carta a los de
Efeso, n. 14, Tric. T. 1, sent. 2, p. 3 l.)"
"Jesucristo
tomó el pan, sustancia criada, dio gracias a Dios, y dijo: Este es mi cuerpo.
Tomó el cáliz que también es criatura destinada a nuestros usos, y aseguró
que era su sangre. Así enseñó la oblación del Nuevo Testamento, la Iglesia
recibió de los Apóstoles, y ofrece este sacrificio en todo el mundo al Dios
que nos sostiene como primicias de sus frutos en la nueva Ley. La Iglesia es
como un paraíso plantado en este mundo. De todos sus árboles podemos comer,
nos dice Dios, pero no tomemos de la doctrina de los herejes, no la toquemos,
porque aunque se aprecian de saber del bien y del mal, son soberbios que arrojan
sus impías doctrinas contra Dios, su Criador. (S. Ireneo, sent. 5, Tric.
T. 1, p. 86 y 87.)"
"Si toma el
alimento y la santa bebida de la Eucaristía, como que viene del Sacramento de
la Cruz, pues aquel misterioso madero fue figura suya, el que hizo dulces las
aguas, del mar, llenará tu alma de verdadera suavidad. (S. Cipriano,
lib. de la Oración, sent. 35, Tric. T. 1, p. 305.)"
"Supuesto que
Jesucristo asegura, hablando del pan, que aquello es su cuerpo, ¿quién se
atreverá a poner en duda esta verdad? y pues que dijo después, esta es mi
sangre, ¿quién puede dudar o decir que no lo es? En otro tiempo había
convertido el agua en vino en Caná de Galilea con sola su voluntad, ¿y no le
tendremos por digno de ser creído sobre su palabra, cuando convirtió el vino
en su sangre? Si convidado a las bodas humanas y terrenas hizo en ellas un
milagro tan pasmoso, ¿no debemos reconocer que aquí dio a los hijos del Esposo
a comer su cuerpo y beber su sangre? para que le recibamos como que es
ciertamente su cuerpo y su sangre, porque bajo del pan nos da su cuerpo, y bajo
del vino su sangre, para que tomando su cuerpo y sangre, nos hagamos un mismo
cuerpo y sangre con El y seamos Cristíferos, esto es, hombres que llevamos a
Jesucristo, en habiendo recibido en nuestro cuerpo su cuerpo y sangre, y según
la expresión de San Pedro, vengamos a ser participantes de la naturaleza
divina. (S. Cirilo de Jerusalén, Cath. Mystag., 4, sent. 7, Tric. T. 2,
p. 337.)"
No consideréis ya
estas cosas como que son pan y vino comunes, supuesto que son el cuerpo y sangre
de Jesucristo, como El mismo dijo, porque aunque los sentidos os digan que no lo
es, la fe os debe persuadir y confirmar en que lo es. No juzguéis por el gusto,
sino por la fe, la que nos debe hacer creer con toda certidumbre, y sin que os
quede duda en contrario, que os ha dado el cuerpo y sangre de Jesucristo. (S.
Cirilo de Jerusalén, ibid., sent. 8, Tric. T. 2, p. 337.)"
"¿Cuál es
la obligación propia y particular de los que comen el pan y reciben la bebida
de Dios? Es la de conservar continuamente la memoria del que murió y resucitó
por ellos. ¿A qué más les obliga esta memoria? a no vivir ya para sí, sino
par el que murió y resucitó por ellos. (S. Basilio, Reg. 80, sent. 58,
Tric. T. 3, p. 199 y 200.)"
"El que es
eterno, se nos da a todos para que le comamos con el fin de que recibiéndole en
nosotros mismos, lleguemos a ser lo que El es, porque dice: Mi carne es
verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida. Cualquiera, pues, que ama esta
divina carne, no ama la suya; y cualquiera que tiene amor a esta divina sangre,
está purificado de todos los sentimientos que la sangre camal puede causarle.
Porque la carne del Verbo, y la sangre de esta carne son suaves par los que las
gustan, y deseables para los que las pretenden. (S. Gregorio de Nisa, in
Eccles. 11. 8, sent. 4, Tric. T. 4, p. 113.)"
"Así como un
poco de levadura, según la doctrina del Apóstol, hace fermentar toda la masa,
así también el divino cuerpo de Jesucristo, que padeció la muerte, y es el
principio de nuestra vida, entra en nuestro cuerpo, nos le muda y transforma
todo en sí. Porque al modo que un veneno que se ha derramado por los miembros
sanos, los corrompe en poco tiempo, así por contraria razón, cuando el cuerpo
inmortal de Jesucristo se ha llegado a mezclar con el del hombre, que en otro
tiempo había comido el fruto envenenado, le transforma todo entero en su divina
naturaleza. (S. Greg. de Nisa, c. 37, sent. 29, Tric. T. 4, p. 118 y
119.)"
"Sírvanos de
ley el hecho de Joseph de Arimatea, para que cuando recibamos aquella prenda del
sacrosanto cuerpo, no le envolvamos en lienzo de una conciencia sucia, ni le
depositemos en el monumento del corazón, cuando está lleno de huesos de
muertos y de todo género de inmundicias. Cada uno se prueba y examine, como
dice el Apóstol: No le sirva de juicio de condenación si la recibe
indignamente. (S. Greg. de Nisa, in Christ. Resurr., sent. 19, adic.,
Trie. 'F. 4, p. 364 y 365.)"
"Con carne y
con maná que nos figuran el precioso cuerpo de Jesucristo, se alimentó el
pueblo de Israel: Jesucristo es para nosotros verdadera comida y verdadero
maná, no ya en figura, sino en verdad; por su verdadera humanidad es realmente
carne, y un pan que vive por su divinidad; de suerte, que cuando comenos el
cuerpo de Jesucristo, participamos de su divinidad y de su humanidad. (S.
Ambrosio, sent. 26, Tric. T. 4, p. 318.)"
"Acercaos al
alimento del cuerpo de¡ Señor a aquella bebida que de tal suerte embriaga a
los fieles, que los llena de contento con la remisión de sus culpas, y los
libra de los cuidados del mundo, del miedo de la muerte y de las inquietudes de
esta vida. Esta santa embriaguez no hace titubear al cuerpo, antes bien, le
confirma, no turba el espíritu, sino que le consagra y santifica. (S.
Ambrosio, in Psalm. 118, sent. 65, Tric. T. 4, p. 326.)"
"Jesucristo
es mi comida, Jesucristo es mi bebida. La carne de un Dios es mi comida, la
sangre de un Dios es mi bebida. En otro tiempo bajó del cielo el pan que llamó
el Profeta pan de Angeles: mas aquel no era el verdadero pan, sólo era sombra
del que había de venir. El Pan Eterno me tenía reservado este verdadero pan
que viene del cielo, y este es el pan de vida. Aquel, pues, que come la vida, no
podrá morir, porque ¿cómo había de morir el que tiene por alimento la misma
vida? (S. Ambrosio, in Psalm. 118, sent. 69, Tric. T. 4, p. 326.)"
"Puede ser
que me digáis que el pan que recibís del altar, es pan común y ordinario. No
hay duda que antes de ser consagrado era pan común; pero al punto que se
dijeron las palabras de la consagración, se convirtió ese mismo pan en la
carne de Jesucristo. Si me preguntan: ¿Qué palabras son las que sirven en esta
consagración? Digo que nos valemos de las palabras propias de Jesucristo. (S.
Ambrosio, lib. 4, de Sacram. c. 4, setit. 107, Tric. T. 4, p. 335.)"
"Antes de
consagrar, no es más que pan; pero pronunciadas las palabras de Jesucristo, es
el cuerpo de Jesucristo. Oid lo que el mismo dice: Tomadle y comedle todos,
porque este es mi cuerpo. Antes de las palabras de Jesucristo sólo hay en el
cáliz vino y agua mezclados; pero después de lo que han obrado las palabras de
Jesucristo, se convierte en su sangre, la cual redimió su pueblo. (,S.
Ambrosio, ibid., c. 5, sent, 108, Tric. ibid., ibid.)"
"Si el pan de
la Eucaristía es el pan cotidiano, ¿por qué le recibís una vez al año
solamente? Recibidle todos los días para conseguir todos los días el fruto.
Vivid de modo que merezcáis comulgar todos los días, a la verdad, el que no es
digno de recibirle todos los días, tampoco merece recibirle una vez al año.
Sabéis que el Santo Job ofrecía sacrificio por sus hijos, receloso de que
hubiesen pecado en pensamiento o en palabras: ¿cómo, pues, sabiendo vosotros
que siempre que se ofrece el sacrificio se hace memoria de la muerte,
resurrección y ascensión de Jesucristo, y de la remisión de los pecados?
¿,Cómo, vuelvo a decir, lo que esto sabéis, no recibís todos los días este
pan de vida'? El que se siente herido, busca el remedio para sanar. Todos
estamos heridos, pues hemos pecado. Ahora bien, este venerable y celestial
sacramento es el remedio de todas nuestras heridas. (S. Ambrosio, lib. 5,
c. 4, sent. 109, Trie. ibid., ibid.)"
"Llegad a el
y saciaos, porque es divino pan: llegad y bebed, pues es fuente: llegad a El
para ilustraros, pues es luz: llegad y libraos, porque en donde está el
espíritu del Señor, está la libertad; llegad y quedad absueltos, pues es
perdón de los pecados. (S. Ambrosío, in Psalm 118, sent. 36, adic.,
Tric. T. 4, p. 404.)"
"Pruébese
cada uno, y lléguese después al cuerpo de Jesucristo. No es decir que un día
o dos que difiera la comunión, haga al cristiano más santo, ni que yo merezca
mañana o después de mañana lo que hoy no he merecido; sino que el dolor que
debo sentir de no haberme hallado en estado de comulgar, me obligue a separarme
por algunos días del consorcio, de mi propia mujer, prefiriendo al amor que la
tengo, el que debo a Jesucristo. (S. Jerónimo. Epist. 48, ad Pammach.,
sent. 40, Tric. T. 5, p. 245.)"
"Debemos
saber que el pan que partió el Salvador y le dio a sus discípulos, era su
propio cuerpo, según lo que el mismo Señor dijo: Tomad y comed, este es mi
cuerpo. Moisés, pues, no fue el que nos dio el verdadero pan, sino nuestro
Señor Jesucristo: éste es el que está sentado en el convite y el mismo es
nuestro convite: El es el que come y el que es comida. (S. Jerón., Quaes,
2, ad Hedib., ep. 120, sent. 59, Tric. T. 5, p. 248.)"
" Como la
carne de nuestro Señor es un verdadero alimento, y su sangre una verdadera
bebida, el único bien que nos resta en este mundo, es comer su carne y beber su
sangre, no solamente en los santos misterios, sino también en la lección de
las Escrituras, porque las luces que en estas hallamos, son el sustento y la
bebida que sacamos de la palabra de Dios. (S. Jerón., in Ecclesiast., c.
3, sent. 82, Tric. T. 5, p. 253.)"
"Vosotros
ofrecéis sobre mi altar un pan profanado y manchado. Sin duda profanamos y
manchamos el pan, esto es, el cuerpo de Jesucristo cuando nos acercamos al altar
en un estado indigno de participarle: cuando estando impuros bebemos aquella
sangre pura; y no obstante decimos: ¿Es que es despreciada y deshonrada la mesa
del Señor? No porque haya quien se atreva a decirlo, ni a proferir con
delicuente voz la impiedad que tiene su alma, pero las malas obras de los
pecadores son las que efectivamente deshonran la mesa de Dios. (S. Jerón.,
in Malach., e. 1, sent. 88, Tric. T. 5, p. 25 l.)"
"Así como
aquel que no se siente reo de iniquidad alguna, debe comulgar todos los días;
por el contrario, el que ha pecado y no ha hecho penitencia no lo puede hacer
con seguridad ni en los de fiesta. (S. Juan Crisóst., Homil. 31, sent.
26, Tric. T. 6, p. 305.)"
"Vamos como
la Hemorroisa a tocar la orla de la vestidura de Jesucristo, o por mejor decir,
vamos a poseerle todo entero: pues tenemos ahora su cuerpo en nuestras manos. Ya
no es sólo su vestido el que permite tocar, sino que nos presenta su mismo
cuerpo para que lleguemos a comerle. Acerquémonos, pues, con ardiente fe, los
que estamos enfermos. Si los que entonces tocaron solamente la orla de sus
vestidos sintieron tan grande efecto, ¿qué no podrán esperar los que aquí le
reciben todo entero? (S. Juan Crisóst., Homil. 5 1, sent. 62, Tric. T.
6, p. 31 l.)"
"Cuántos hay
que dicen: Yo quisiera ver a nuestro Señor Jesucristo con aquel mismo cuerpo
con que conversaba con los hombres; mucho me alegraría de ver su rostro y su
traje. Yo os digo, que al mismo Señor véis, tocáis, y aun coméis. Deseáis
ver sus vestidos, y veis aqui que os permite tocarle y recibirle en vuestro
pecho. (S. Juan Crisót., Homil. 83, sent. 70, Tric. T. 6, p. 312 y
313.)"
"¿Quién
debe estar más puro que aquel que participa de semejante sacrificio, que
aquella mano que distribuye esta divina carne, que aquella boca que está llena
de este fuego espiritual y aquella lengua que rojea con esta preciosa sangre?
Imaginad bien la honra que recibís y a que mesa os sentáis. Aquel mismo a
quien los ángeles miran con temblor, es el que ahora nos sirve de alimento, se
une con nosotros, y somos con el un mismo cuerpo y una misma sangre. (S. Juan
Crisóstomo, ibid., sent. 71, Tric. ibid., ibid.)"
"¿Qué
pastor ha dado jamás su sangre para alimentar sus ovejas? Vemos muchas madres
que habiendo parido sus hijos, los dan a criar a otras mujeres, pero no procede
Jesucristo, así con nosotros: El mismo nos alimenta con su carne, nos junta y
une consigo estrechamente. (S. Juan Crisóst., ¡bid., sent. 72, Tric.
ibid., ibid.,)"
"No nos
quedemos insensibles a tan grande honra, y a un amor tan religioso. Reparad con
que ímpetu se arrojan los niños al seno de sus madres, y con qué ansia chupan
los pechos. Imitémosles acercándonos con las mismas ansias a esta divina mesa,
bebiendo, por decirlo así, la leche espiritual de aquellos sagrados pechos:
pero vamos corriendo con mayor ardor para atraer a nuestros corazones, como
hijos de Dios, la gracia del Espíritu Santo: sea nuestro mayor dolor el vemos
privados de este alimento celestial. (S. Juan Crisóst. Homil., 87, sent.
73, Tric. T. 6, p. 313.)"
"Si vosotros
no os atrevéis a arrojar del sagrado altar los indignos, decídmelo a mi, que
yo no permitiré que se lleguen a él: porque primero perderé la vida, que dar
el cuerpo del Señor al indigno; y primero permitiré que derramen mi sangre,
que presentar tan santo y venerable cuerpo al que no se halla en estado de
recibirle. Si vosotros ignoráis que los que se acercan son indignos, entonces
no es falta vuestra, si
antes habéis puesto el mayor cuidado en conseguir este discernimiento; porque
no hablo ahora de aquellas personas que públicamente son conocidas por
viciosas. (S. Juan Crisóst., íbid., sent. 74, Tric. ¡bid., ¡bid.)"
"Muchos una
vez al año se acercan al Santo Sacramento: otros llegan más a menudo. ¿A
quiénes estimaremos más? a los que comulgan a menudo, o a los que comulgan una
vez? Solamente debemos estimar a los que comulgan con conciencia pura y sincera,
con un corazón limpio y con una vida irreprensible; los que se hallan en esta
disposición, lleguen todos los días; los que no, ni una vez se acerquen:
porque no hacen otra cosa que irritar contra sí el juicio de Dios y hacerse
dignos de la más rigurosa condenación. (S. Juan Crisóstomo. Homil. 17,
ad Hebr., sent. 147, Tric. T. 6, p. 327.)"
"¿Pensáis
que comulgando una vez al año serán suficiente 40 días de penitencia para
puríficaros de los pecados que habéis cometido en tanto tiempo? No pasarán 8
días sin que volváis a los desórdenes de la vida anterior. ¡Por haber
empleado así en penitencia 40 días, y acaso menos, esperáis que Dios os
mirará con misericordia! Yo digo que eso es burlarse de Dios. No quiero por
esto impediros el comulgar una vez al año; por el contrario, quisiera yo que
continuamente pudiérais llegar a los sagrados misterios; pero estos están
destinados para los Santos, y esto es lo que dice en alta voz el Diácono cuando
llama a los Santos a esta santa mesa. (S. Juan Crisóst., Homíl, ¡bid.,
sent. 148, Tric. ibid., ibid.)"
"Cuando el
Diácono pronuncia públicamente estas palabras: Las cosas son para los Santos,
es lo mismo que si dijera: Si alguno no es Santo, no se acerque a esta mesa. Al
hombre no le hace Santo la simple remisión de sus pecados, sino la presencia
del Espíritu Santo en su alma, y la abundancia de las buenas obras; como si
dijera: no quiero que estéis retirados del podre y de la basura, sino que se
vea resplandecer en vosotros una blancura y una hermosura particular. (S.
Juan Crisóst., ibid., sent. 149, Tric. ibid. ibid.)"
"No
merezcamos la indignación de Dios llegando con mala disposición a la divina
mesa. En esta debemos hallar el soberano remedio de todos nuestros males;
debemos hallar un tesoro inagotable para comprar el reino celestial.
Acerquémonos, pues, con respetuoso temblor, dando gracias a Jesucristo,
postrándonos en su presencia con grande veneración, confesándole con humildad
nuestros pecados, llorando amargamente nuestras ofensas, dirigiéndole oraciones
largas y
fervorosas.
Purifiquémonos, llegando con el silencio y el respeto que te debemos, como a
Rey de la gloria, (S. Juan Crisóst., Serm. de die Nativit. Christ., n.
7, sent. 216.)"
"Cuando
oímos la palabra de Dios,cuando nos ocupamos en la oración, y nos acercamos a
la divina mesa o practicamos alguna obra de piedad, hagámoslo todo con
circunspección y reverencia, para no merecer por nuestra pereza o
inconsideración aquella maldición de un Profeta: Maldito es el que hace con
negligencia la obra del Señor. (S. Juan Crísóst., ibíd., sent. 217,
Tric. íbid., íbíd.)"
"Cuando os
acercáis a la santa comunión no penséis que recibís aquel divino cuerpo de
manos de un hombre: representaos vivamente que estáis recibiendo aquel carbón
encendido que vio Isaías, y que un Angel no se atrevió a tocar con sus manos.
Representaos también la sangre saludable del sagrado cáliz, como si estuviera
corriendo de la llaga de aquel puro y divino costado de Jesucristo, y
acercándoos con este pensamiento , recibidla con labios puros. Yo os suplico,
pues, y conjuro a que lleguéis con temblor y respecto, con los ojos bajos, el
alma levantada al cielo, llorando en silencio y con alegría en lo íntimo del
corazón, semejantes a aquellos que estando en presencia del Rey de la tierra,
sujetos a la corrupción y al tiempo, están como si no tuvieran voz ni
movimiento con el exceso de respeto que los tiene sobrecogidos. (S. Juan
Crisóst., Serm. de Peniten., sent. 218, Tric, ibid., p. 343 y 344.)"
"El que come
y bebe indignamente este pan y este vino, será reo de¡ cuerpo y sangre del
Señor: es decir, que los que participan indignamente de los sagrados misterios,
serán castigados como los que crucificaron a Jesucristo. Los judíos le
rasgaron su santísima carne clavándole en la cruz; mas vosotros, viviendo en
pecado, le mancháis con una lengua y un alma impura: por este motivo, como dice
el Apóstol: Caen muchos de vosotros en diversas enfermedades, y mueren muchos.
(S. Juan Crisóst., Serm. 6 de Martyrib., n. 3, sent. 234, Trie. T. 6, p.
349.)"
"¿No es la
comunión de la sangre de Jesucristo el cáliz de bendición que bendecimos?
Estas palabras del Apóstol deben imprimir en nosotros tanto terror como fe,
pues no enseñan que lo que está en el cáliz es la misma sangre que salió del
costado de Jesucristo de la cruz, y nosotros participamos de ella. Llama el
Apóstol cáliz de bendición, porque teniéndole en las manos, elevadas
con la admiración, le honremos con himnos y cánticos, pasmados, y extáticos
de recibir tan grande don. Le damos infinitas gracias, no sólo porque derramó
por nosotros su divina sangre en la pasión, sino también porque se dignó de
darla en este santo Sacramento. (San Juan Crisóst., Homl. 24, sent. 306,
Trie. T. 6, p. 364.)"
"Debe
notarse, que cuando el Apóstol habla de los judíos, no dice que participan de
Dios, sino de] altar, porque lo que antiguamente se ofrecía en el altar, debía
consumirse con el fuego. No sucede esto con el cuerpo de Jesucristo. Y ¿en qué
consiste esta diferencia? En que hay comunicación de este cuerpo santísimo con
los hombres fieles, y así no participamos sólo del altar, sino de¡ mismo
cuerpo de Jesucristo. (S. Juan Crisóstomo, ibid., sent. 307, Tric. ibid.,
ibíd.)"
"Si es
verdad, que no hay hombre tan atrevido que se atreve a tocar la púrpura de un
rey, ¿cómo hemos de ser nosotros tan temerarios que recibamos con indignidad
el cuerpo del mismo Dios, que es infinitamente superior a los mayores reyes de
la tierra, y a todas las cosas creadas, este cuerpo que es tan puro, y en el que
no puede haber mancha: que está unido y habita la divinidad, por la cual
recibimos el ser y la vida, y a Jesucristo que rompió las puertas de] infierno,
y nos abrió las bóvedas del cielo? No seamos por nuestra imprudencia,
homicidas de nosotros mismos: acerquémonos a aquel divino cuerpo con mucho
temor y pureza; consideradle cuando os lo presentan y decid: ¿Es este el cuerpo
que hace que yo sea más que tierra y ceniza y que ya no esté cautivo, sino
libre? ¿Es este cuerpo el que me da la esperanza de entrar algún día en el
cielo y gozar de todos los bienes que hay en él, de conseguir una vida eterna,
de verme sublimado al estado de los ángeles, y de ser admitido a la compañía
de Jesucristo? (S. Juan Crisóst., ibid., sent. 308, Tric. ibid., ibid.)"
"Si salimos
de este mundo con la digna participación de este Sacramento, entraremos con
grande confianza en el santuario del cielo, como que vamos revestido de armas de
oro que nos hacen invulnerables a nuestros enemigos. Mas, ¿para qué hablo de
las cosas que están por venir, cuando en esta vida nos hace este misterio un
ciclo de la tierra? Abrid las puertas de¡ cielo, o por mejor decir, el cielo de
los cielos, y veréis aquí abajo lo más precioso y venerable que se adora
allá en la gloria; porque así corno en los palacios de los reyes de la tierra
no son las paredes ni los artesonados de oro lo más magnífico, sino la persona
del rey sentado sobre su trono, así lo mejor del cielo se os permite ver en la
tierra, porque yo os estoy mostrando, no a los Angeles, ni a los Arcángeles, ni
a los cielos de los cielos, sino al mismo
Señor y rey de los Angeles. Arcángeles y cielos. Considerad que veis sobre la
tierra lo más excelente y adorable que hay en el cielo, y que no solamente le
véis, sino que le tocáis, le coméis y le lleváis a vuestra casa. (S. Juan
Crisóst., ibid., sent. 309, Tric. ibid., p. 366.)"
"¿Cuánto
más digno de castigo os parece que será el que hubiese pisado al Hijo de Dios,
que hubiese tenido por cosa inútil y profana la sangre de la alianza, y hubiese
ultrajado el Espíritu de la gracia? ¿Qué querrá, decía el Apóstol, con
estas palabras? ¿Y cómo puede ser pisado el Hijo de Dios? Cuando el que ha
participado de estos santos misterios, comete un pecado, entonces es verdad, que
trató a Jesucristo con desprecio y con ultraje, porque así como damos a
entender que no estimamos en nada las cosas que pisamos, así es preciso que los
que pecan, en nada estimen a Jesucristo, recibido en la comunión. Vosotros
fuisteis hecho cuerpo de Jesucristo y después os ponéis en estado de que el
demonio os pise (s. Juan Crisóst. Homl. 20, ad. Hebr., sent. 383, Tric.
T. 6, p. 383.)"
"El que come,
dice Jesucristo, tendrá la vida en mi. Nosotros realmente le comemos, pero no
por esto debe decirse que consumimos la divinidad: ¡vaya lejos de nosotros
semejante impiedad! Comemos la carne del Verbo que se ha hecho vivifica, porque
es propia de aquel que vive por el Padre... Como cuerpo, pues, de este mismo
Verbo, que se le apropió con una verdadera unión, la cual excede la
inteligencia y todo cuanto se pudiera decir, da la vida. De este modo nosotros
que participamos de su sagrado cuerpo y de su divina sangre, somos enteramente
vivificados, pues el Verbo permanece en nosotros, no solamente de un modo divino
por el Espíritu Santo, sino también de un modo humano por medio de su santa
carne y de su sangre preciosa. (S. Cirilo Alejand., Comment, in Joan.,
lib. 4, adv. Nest., p. 110, T. 6, sent. 8, Tric. T. 8, p. 99.)"
"Así como
aquel que junta una masa de cera con otra, ya no ve sino sola una, así me
parece que el que recibe el cuerpo de nuestro Salvador y bebe su preciosa
sangre, se hace uno con El, como el mismo Señor lo dijo; porque en cierto modo
queda mezclado en El y con El por esta participación; de suerte que Jesucristo
se halla en él, y él en Jesucristo. (S. Cirilo Alejand., ¡bid., p. 364
y 365, sent. 10, Trie. T. 8, p. 99.)"
"Pruébese el
hombre a sí mismo. Sed vuestros propios jueces;examinad cuidadosamente cuál es
vuestra vida: escudriñad vuestra conciencia, y después id a recibir aquel
precioso don, esto es, el cuerpo del Salvador: porque el que le come y bebe
indignamente, bebe y come su juicio. No solamente no conseguiréis la salud,
sino que castigará Dios vuestra insolencia y la injuria que había hecho a
Jesucristo. (Teodoreto, Ep. 1, Cor. c. 11, sent. 9, Tric. T. 8, p.
263.)"
"La
participación del cuerpo y sangre de Jesucristo, nos transforma en lo mismo que
recibimos: si estamos muertos y sepultados en Jesucristo, también resucitaremos
con El. Es necesario, que siempre le llevemos en nuestro cuerpo y en nuestra
alma; porque dice el Apóstol: Vosotros estáis muertos, y vuestra vida está
escondida en Dios con Jesucristo. Cuando venga Jesucristo que es vuestra vida,
también vosotros apareceréis con El en la gloria. (S. León, Papa,
Serin. 63, sent. 51, Tric. T. 8, p. 394.)"
"Lleguemos al
sacramento de la Eucaristía con un ardiente deseo: recibamos en ella el divino
fuego que ha de consumir nuestros pecados, iltiminar nuestros entendimientos,
inflamar nuestros corazones y hacernos como otros tantos Dioses. (S. Juan
Damas. de tide orthodox., lib. 4, sent. 2, Tric. T. 9, p. 201 y 202.)"
"El pan y el
vino después de la consagración no son la figura del cuerpo y sangre de
Jesucristo, ni Dios permite que se diga, pues son el mismo cuerpo de Jesucristo
unido a la Divinidad. A la verdad, no dijo el Señor, esto es la figura de mi
cuerpo, sino este es mi cuerpo, etc. (S. Juan Damas., ibid., sent. 3,
Tric. ibid., p. 292.)"
Otras
Notas Históricas
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